Sabes que odio los cafés –le dije, era jueves estábamos en vísperas del mal llamado “Juicio Final”- los odio por idiotalogía (misma razón por la que me rehusó a laborar en ellos). Ella, con su carisma y labios que vuelven loco al más lucido de los hombres, respondió: Vamos, sólo es está tarde, la pasaremos bien lo prometo… Yo accedí.
Llegamos, buscamos una mesa para dos cerca de una ventana.
Mirando hacia afuera dijo: Me gusta mofarme de las personas ¿sabes?
-Lo has dicho mil veces o más -respondí en un tono de triunfal barbarie – quisiera saber el por qué…
-No hay un porque, simplemente me burlo de la trivialidad de la vida de cada uno de nosotros.
-Mi conclusión: Todos somos unos infelices que moriremos sin conocer la gloria de la libertad, (contradiciendo a más de dos filósofos existencialistas, me aventure a decir). Ambos reímos, ella por seguirme a mí, yo porque no sabia lo que decía.
Era temprano, el sol se ocultaba apenas, bello atardecer en medio del smog tan cotidiano como las noticias sobre muertos y decapitados. En la mesa de a lado una pareja de ancianos tomados de la mano. Afuera la gente corriendo en todas direcciones, como gallinas sin cabeza; en mi mente la recreación de una fantasía erótica. Esperábamos la aparición en escena de algún mesero.
Yo comencé esta vez: Sabes…
-¿que te quiero? Me lo has dicho infinidad de veces.
Me sonroje, estaba apenado había descubierto el móvil de mis palabras, me sentí descubierto.
-Bueno, me alegra que lo sepas. Y bien… ¿Qué hacemos aquí?
-¿Eh? ¡Tú me trajiste aquí! No tienes nada que decirme.
Un mesero se acerco a preguntar que queríamos. Me sentí por cinco segundos otra vez cubierto.
-A mi tráeme, mmm… un capuchino. Le sonrió al mesero.
-Yo una taza de café, (como en vinos en cafés estoy igual de jodido). Gracias.
El mesero se fue, los ancianos de la mesa de a lado se pusieron de pie, estaban a punto de irse. Éramos la única pareja en aquel lugar, las demás mesas asemejan a islas desiertas o en el mejor de los casos con náufragos solitarios. Llamó mi atención un tipo de no más de 23 años con un pequeño libro, la pasta decía: Cómo amar sin salir lastimado.
-¿Decirte algo? ¿Yo? Sólo los planes que tengo para contigo esta noche.
-(Risa) ¿Enserio? Y bien de que se tratan, ¿Podrías decirme?
-Llegar a la alcoba, apagar la luz… hacer historia.
El mesero llego con el par de cafés que pedimos en una charola. Los puso en frente de cada uno de nosotros, y se marchó. Ella se sonrojó, cuchicheo tipo de mujer nerviosa.
-Con dos de azúcar
-¿Eh?
-Que me gusta tomar mi café con dos de azúcar, el amargo de la vida y el sin sabor del amor me han enseñado a tomar medidas exactas- palabrería de un joven incapaz de seducir a una mujer.
- Entiendo, entonces, de aquí a la alcoba y… todo lo que sigue.
-Sólo bromeaba. Lo que quería decirte es que mañana como es el último día de nuestras vidas, tengo que decirte la verdad.
-Eres gay.
-Te amo pero también amo a otra- di un sorbo a mi café. Ella en señal de consternación movió su cabeza.
-¡Wow!, bueno, es menos de lo que esperaba, pensé que dirías que ya no me querías o no sé.
-A tu lado fui el más feliz de todos, ¿Pensé que te pondrías como loca a gritarme?
-No tiene caso, agradezco tu sinceridad.
Y el diálogo terminó ahí. La comunicación con ella siempre fue espectacular, sabíamos en un 99.9% lo que pensaba uno sobre el otro y sobre los demás. Todo era perfecto, hasta la infidelidad, que tenía una medida exacta… como mis dos de azúcar. Terminamos en silencio los cafés, mientras llegaba la cuenta, ella dijo:
-Supongo que es la última tarde que pasamos juntos, entonces… ¿Haremos historia?
-Primero caminos sobre las calles de París (sólo es una metáfora mal lograda, todo se desarrolla en la Ciudad de México), luego vamos al departamento.
Salimos del café, caminamos por Insurgentes, la luna estaba ya sobre nuestras cabezas. Los locos lloraban por el final de todo. Las televisiones en los aparadores de las tiendas, trasmitían los noticieros nocturnos: ”¡Feliz Final!” “Juicio Final mañana”, jamás había oído tantas veces la palabra Dios en la calle, era una idea rentable, los burgueses donaban toda su fortuna a fundaciones altruistas. Mensaje a la nación del presidente. Se firmaba la paz en donde tenía que firmarse la paz en el mundo.
Ella y yo, hicimos historia. La cama era nuestra utopía, ella reina y yo rey; la noche juntos.
A la mañana siguiente, el sol salió otra vez.
Llegamos, buscamos una mesa para dos cerca de una ventana.
Mirando hacia afuera dijo: Me gusta mofarme de las personas ¿sabes?
-Lo has dicho mil veces o más -respondí en un tono de triunfal barbarie – quisiera saber el por qué…
-No hay un porque, simplemente me burlo de la trivialidad de la vida de cada uno de nosotros.
-Mi conclusión: Todos somos unos infelices que moriremos sin conocer la gloria de la libertad, (contradiciendo a más de dos filósofos existencialistas, me aventure a decir). Ambos reímos, ella por seguirme a mí, yo porque no sabia lo que decía.
Era temprano, el sol se ocultaba apenas, bello atardecer en medio del smog tan cotidiano como las noticias sobre muertos y decapitados. En la mesa de a lado una pareja de ancianos tomados de la mano. Afuera la gente corriendo en todas direcciones, como gallinas sin cabeza; en mi mente la recreación de una fantasía erótica. Esperábamos la aparición en escena de algún mesero.
Yo comencé esta vez: Sabes…
-¿que te quiero? Me lo has dicho infinidad de veces.
Me sonroje, estaba apenado había descubierto el móvil de mis palabras, me sentí descubierto.
-Bueno, me alegra que lo sepas. Y bien… ¿Qué hacemos aquí?
-¿Eh? ¡Tú me trajiste aquí! No tienes nada que decirme.
Un mesero se acerco a preguntar que queríamos. Me sentí por cinco segundos otra vez cubierto.
-A mi tráeme, mmm… un capuchino. Le sonrió al mesero.
-Yo una taza de café, (como en vinos en cafés estoy igual de jodido). Gracias.
El mesero se fue, los ancianos de la mesa de a lado se pusieron de pie, estaban a punto de irse. Éramos la única pareja en aquel lugar, las demás mesas asemejan a islas desiertas o en el mejor de los casos con náufragos solitarios. Llamó mi atención un tipo de no más de 23 años con un pequeño libro, la pasta decía: Cómo amar sin salir lastimado.
-¿Decirte algo? ¿Yo? Sólo los planes que tengo para contigo esta noche.
-(Risa) ¿Enserio? Y bien de que se tratan, ¿Podrías decirme?
-Llegar a la alcoba, apagar la luz… hacer historia.
El mesero llego con el par de cafés que pedimos en una charola. Los puso en frente de cada uno de nosotros, y se marchó. Ella se sonrojó, cuchicheo tipo de mujer nerviosa.
-Con dos de azúcar
-¿Eh?
-Que me gusta tomar mi café con dos de azúcar, el amargo de la vida y el sin sabor del amor me han enseñado a tomar medidas exactas- palabrería de un joven incapaz de seducir a una mujer.
- Entiendo, entonces, de aquí a la alcoba y… todo lo que sigue.
-Sólo bromeaba. Lo que quería decirte es que mañana como es el último día de nuestras vidas, tengo que decirte la verdad.
-Eres gay.
-Te amo pero también amo a otra- di un sorbo a mi café. Ella en señal de consternación movió su cabeza.
-¡Wow!, bueno, es menos de lo que esperaba, pensé que dirías que ya no me querías o no sé.
-A tu lado fui el más feliz de todos, ¿Pensé que te pondrías como loca a gritarme?
-No tiene caso, agradezco tu sinceridad.
Y el diálogo terminó ahí. La comunicación con ella siempre fue espectacular, sabíamos en un 99.9% lo que pensaba uno sobre el otro y sobre los demás. Todo era perfecto, hasta la infidelidad, que tenía una medida exacta… como mis dos de azúcar. Terminamos en silencio los cafés, mientras llegaba la cuenta, ella dijo:
-Supongo que es la última tarde que pasamos juntos, entonces… ¿Haremos historia?
-Primero caminos sobre las calles de París (sólo es una metáfora mal lograda, todo se desarrolla en la Ciudad de México), luego vamos al departamento.
Salimos del café, caminamos por Insurgentes, la luna estaba ya sobre nuestras cabezas. Los locos lloraban por el final de todo. Las televisiones en los aparadores de las tiendas, trasmitían los noticieros nocturnos: ”¡Feliz Final!” “Juicio Final mañana”, jamás había oído tantas veces la palabra Dios en la calle, era una idea rentable, los burgueses donaban toda su fortuna a fundaciones altruistas. Mensaje a la nación del presidente. Se firmaba la paz en donde tenía que firmarse la paz en el mundo.
Ella y yo, hicimos historia. La cama era nuestra utopía, ella reina y yo rey; la noche juntos.
A la mañana siguiente, el sol salió otra vez.
A mi camarada Rebeca
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