A ti, mi camarada.
Y tomé el teléfono con una angustia insólita, con el frío típico de la madrugada. Lo tomé por inercia porque la temperatura no paraba. Miré la pantalla, era la misma.
Di una vuelta sobre la cama que por cierto me quedaba demasiado grande. Recordé tu figura y aquel libro con poemas de Sabines que encontré esa mañana. Cerré los ojos y confundí lo que es imaginar con soñar.
Y te vi ahí como cada noche, como cada hora. Te vi tan perfecta e inmaculada, tan expiada por tantas lagrimas. Tan tú como tan-go y no pude conciliar el sueño. Sumido entre sabanas y almohadas, perdido en la inmensidad no explorada de mi cama sin consentimiento de mis deseos.
Y el laconismo de mis pensamientos me mató. La lluvia afuera esconde la parte oscura de mis fantasías.
Soñé o imaginé, la pesadez de mis parpados me vence pero resisto, el último bastión de los dos está extraviado. Amor con amor se completa.
Y sentí dolor, dolor que quema las entrañas, dolor que supone tristezas, dolor que tal vez no se curé. Pero como una luz emergente sentí amor, amor que por ti no muere.