jueves, 18 de diciembre de 2008

"Juntos y felices"

Si estaba en lo correcto, gracias por hacerme agradable la noche de hoy e inspirarme a escribir algo nuevo.
¿Será común desear tenerte a las tres de la mañana junto a mí?, con una botella de tequila y la luna encima de nosotros, mientras lentamente desnudamos el alma besándonos cada rincón de nuestros cuerpos; entregándonos al tiempo en cada suspiro. Haciendo participe el amor en cada movimiento, nuestras manos se entrelazan, nuestros dedos juegan mutuamente, nuestros labios se unen y las miradas de ambos se funden lentamente en la oscuridad de la noche; el manto de estrellas observa con ternura lo que hacemos en la azotea de tu casa, aceptan cada caricia y cada beso en la mejilla, despacio y sin prisas te digo muy suave al oído un te amo.

A la mañana siguiente el sol de invierno nos saluda, con prisa vestimos el saco de huesos y carne, nos despedimos con un frío beso en la boca y me invitas a retirarme en silencio, pero con la esperanza de que pronto volveremos a estar juntos, aunque solo sean cinco minutos. Enciendo el motor del auto sin más animo que el que dejaste impregnado en mi piel, quito el freno de mano después de colocarme el cinturón de seguridad, pongo primera y doy marcha de regreso a la casa de todos. Creo – en tu caso- que te arreglaras para salir a tu trabajo, todavía hay tiempo entras a las ocho, beberás una taza de café observando las noticias en la televisión, veras de reojo el reloj colgado en la pared de la cocina y corriendo tomaras tu bolso y las llaves de tu casa, sin decir adiós saldrás para jamás volver.

No se estar enamorado; en mi casa mamá dice que estoy perdiendo la cabeza, mi padre solo se la pasa recordándome que también hay que pagar la luz, el agua y el teléfono, en su recamara mi hermano toca en su guitarra el solo de una canción triste sin melodía. Vaya quizá sea buen momento para salir huyendo; para rentar una pocilga a las afueras de la ciudad y convertirla en nuestro recinto sagrado de amor. Las manecillas del reloj ya marcan más de las dos, seguro habrás terminado el primer turno y te dispones a salir con tus compañeras a comer, me habías comentado de un restaurante de comida china atendido por argentinos, suena un tanto raro, pero la comida ahí a de ser exquisita. Se que no va a ver ningún problema, estoy completamente seguro de eso.

Ya son las diez de la noche, en mi correo aun tu icono aparece en gris (no es normal eso). No creo que sea buena idea marcar a tu casa, ahí nadie salvo el perro me han visto, pero la impaciencia me devora, tengo que saber si algo malo te ha pasado. Mi dedo índice tiembla al marcar el número de tu casa, una voz quebrándose me responde ¿Quién habla? – Rompe en llanto – no lo entiendo, pregunto por ti, digo despacio tu nombre, lo repito para que no haya confusión; la voz del otro lado de la línea se congela, pareciera que se esta preparando para decirme algo grave, pregunto ¿Qué pasa? ¿Esta o no?, la voz (supongo de tu madre) me da la noticia mas impactante de las ultimas horas… estas muerta. Después de un profundo silencio, las lagrimas ruedan por mi cara, vaya y pensar que ayer ha esa misma hora te estaba diciendo que te amaba.

Han pasado dos meses en soledad, ha transcurrido el tiempo mostrándose en mi contra, ya no me quedan ganas de vivir, preferiría la muerte para estar nuevamente contigo, y poder dormir en nubes de algodón. Mis amigos se han preocupado por mí; ya no quiero salir, ni comer, no me queda fuerza para seguir. El doctor ha venido a verme dos veces en lo que va de la semana tal parece estoy cada vez más grave, a puesto en el buro dos frascos uno con una etiqueta verde y otro con una amarilla - son antidepresivos- me dice, con esto sabremos que tan mal sigues o si es necesario llevarte al hospital. El problema es que ni el doctor, ni mis amigos, ni mi familia entienden que estoy tratando de cometer suicidio. El frasco con etiqueta amarilla dice en letras chiquitas que como efectos secundarios posiblemente surjan ansiedad y euforia, bipolaridad y todas esas cosas que afectan la cabeza; el de etiqueta verde solo dice una cada doce horas, no se deje al alcance de los niños. Yo como buen joven desilusionado no hago caso a ninguna de las dos indicaciones, tomo decenas de pastillas y las introduzco a mi cuerpo.

Un ultimo deseo pido, dejen el teléfono fuera del cuarto de mis padres, tu me llamaras a las once de la noche (de eso estoy seguro), y entonces tomare las llaves del coche, quinientos pesos del cajón de mi buro y un sorbo de tequila, para partir a tu encuentro. Ya no sufriremos, estaremos juntos y finalmente nos amaremos por toda la eternidad sin prejuicios ni sueños.

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